jueves, 26 de agosto de 2010

...el mar, siempre el mar.


Lo que uno tiene por sí mismo,
lo que le acompaña en la soledad
sin que nadie se lo pueda quitar,
esto es mucho más importante
que todo lo que posee
o lo que es a los ojos de otros.
Arthur Schopenhauer.


Metidos de lleno en la noche, 
respirando por sus poros,
abrazados y ceñidos a su cintura, 
nos deshacemos, poco a poco,
de los gestos inútiles,
de todas las palabras huecas.
Llego el momento de cerrar los ojos y concentrarse.
Pronto acudirán las frases oídas a lo largo del día,
retazos de conversación;
los nombres y las voces inútiles,
los susurros, las confidencias, los mensajes,
llegarán a la mente por oleadas;
las aflautadas voces telefónicas,
las frases sin sentido interrumpidas,
nuestro nombre en la boca de otros,
voces que nos llaman
que nos requieren para esta...
para aquella misión;
sonidos rotos, huecos de sentido y significado,
ridículos fuera de su entorno y su contexto,
de su minuto preciso.
Llegarán las cadencias de esa música, 
deforme y grotesca, 
que es el murmullo de la ciudad,
su sonido,
su pálpito de rutina,
sus pequeñas historias,
las miserias y grandezas de todos.
cuando ese murmullo se haga intenso,
casi insoportable,
es la hora de ladear la cabeza.
Suave, pero enérgicamente, 
nos sacudimos el agua
que entró en nuestros oídos al bañarnos;
nos sacudimos, poco a poco, las palabras,
los adjetivos, los susurros y las órdenes,
y mientras se balancea la cabeza,
expulsando las frases, las voces,
esos ruidos inconfundibles
dejamos entrar el silencio.
Dejamos que ese amigo íntimo de los solitarios
se vaya enseñoreando de la mente;
donde antes hubo bullicio, polémica, conversación, sonido
es necesario dejar que nos invada
esa suprema música del silencio.
Ese mágico latir de la naturaleza,
el silencio que amo, 
es el del murmullo del agua,
el del trino de los pájaros, 
la lluvia al caer,
preludio de cálidos y tiernos aromas de tierra mojada,
el viento doblando los trigos y las mieses,
el sonido de las olas,
el mar, siempre el mar.

5 comentarios:

gaia07 dijo...

Y sin cansancio redobla su sonido y te espera, te espera siempre, te reconoce cuando llegas y te mima lamiendo tus pies, haciéndote sentir parte suya si le dejas… el mar, siempre el mar.
Qué hermoso.

Un abrazo

isla dijo...

Me llevó bastante tiempo darme cuenta de que el mar era el lugar donde toda mi vida cambiaba, cambiaba la luz, cambiaba el sonido, cambiaba el olfato...
Adoro el mar (yo le digo la mar), me ofrece calma con su arrullar, siempre me he sentido muy atraída por éste elemento y siempre le he profesado muchísimo respeto.
Probablemente al mar es a quién más le hablo y le cuento cómo me siento...
un abrazo
isla

Joshua Naraim dijo...

Una de las sensaciones más placenteras para mí, Gaia, es dejarme mecer flotando en su regazo.
Otro nadar muy despacio, suavemente, deslizándome cuál cisne (¡qué más quisiera!)
Un abrazo.

Joshua Naraim dijo...

Hace años, Isla, cuando era universitario viví en una ciudad
muy bella: Santiago de Compostela.

El único inconveniente que le encuentro a este rincón encantador es que no tiene mar, o peor, que tiene el mar en el cielo. En uno de los años de mi estancia en esa ciudad, hasta seis meses estuvo lluviznando seguido, un día sí y otro también. Ya dice el dicho: Santiago donde la lluvia es arte.

Hablo del mar y de la mar indistintamente aunque en mi fuero interno tiene cognotaciones femeninas.

Un abrazo

mateosantamarta dijo...

Es un hermoso texto, amigo. Enhorabuena.
El mar tiene algún secreto, que no entendemos pero que nos cautiva.
Un abrazo.

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