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viernes, 27 de mayo de 2005

Clausuras interiores.

Ternura. Oswaldo Guayasamin


(A Uma
y su otoño trasvestido en invierno)


Yo soñaba, despacio, geografías; soñaba accidentes,
el curso de los ríos, acantilados, océanos, caminos,
y mares y montañas; y mapas, y fronteras.
Comprometí, compuse senderos de ti -perfectos-.

Atrás habían quedado los templos interiores,
las catacumbas,
el pan,
el vino,
el agua,
las especias;
y del recuerdo me resguardaba la última clausura de la luna.


Todo era mío: te soñaba; y acomodada en el vértigo,
dibujaba -perfectos- la espina,

el pájaro,
las hojas.

Te soñaba. Despacio. Con los brazos abiertos como alas;
y recreándose, mimaba mi voz tu voz en cada sílaba:


baldío fue acurrucar el alma en la palabra,
baldío retenerte en el escorzo en vuelo de tu nombre,
y baldío, escribirlo en el agua.


Baldío; sin riendas, sin dueño: un temblor,
un reflejo, el grito -murmurado bajito-
otra vez; otro nombre; y lo supe.


Mi tren, dragón devorador de inocentes princesas,
resoplaba en la vía
-"nunca digas adiós, da mala suerte"-
y el horizonte tiñéndome los ojos,
y allí, en el meandro de la memoria donde se ensancha el río,
el beso de la pluma,
del tacto,
del papel,
y del lápiz con el que escribo esta nota sin un adiós al fondo,
trastocaba mi tristeza en ternura;
en tus manos -colibrí o paloma, espina; rama- un poema;
y en las mías, con un sello, la hoja emborronada, y un destino ilegible;
como resucitar recuerdos tan sólo por el gusto de volver a enterrarlos
o como haber nacido con la piel vieja ya, y herida de muerte el alma.


indah

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