jueves, 22 de febrero de 2007

Almas en un bolso

"Restaurador de Almas". Israel Zzepda

Reconozco que me apasiona la complejidad emocional de las mujeres pero he de admitir también que a simple vista lo que más me llama la atención de su alma es la silueta de su cuerpo y que mi primera intención no es precisamente meterme en su cama para leer las obras completas de Pérez Galdós. Esa es sin duda la razón por la que muchos hombres dan por concluida una relación justo cuando se dan cuenta de que ella lo que espera no es exactamente un revolcón, sino algo más profundo, siquiera sea un simple destello de sensibilidad, un chispazo de literatura, un rasgo de aparente eternidad que convierta el contacto sexual en algo más que sudor y dentelladas. A los adolescentes de mi generación se nos decía que las mujeres se excitaban frotándoles determinadas partes del cuerpo, pero no tardamos en descubrir que aquella estúpida teoría sólo era realmente eficaz para calentar la baquelita y que las mujeres eran un mecanismo mucho más complejo y delicado, un asunto lento y fascinante cuyo acaloramiento requería una mezcla de conversación y delicadeza, impulso y ternura, tenacidad y elegancia, sin olvidar, claro, que en el paroxismo de la excitación sexual muchas mujeres experimentan una mezcla de placer y tristeza, como si necesitasen que alguien las consolase de esa felicidad que se les acumula al mismo tiempo en el pubis y en la conciencia, lo que explica que en muchos casos su reacción inmediata a raíz de la tórrida felicidad del sexo sea levantarse al baño y asearse. También suelen cambiarle lo antes posible las sábanas a la cama, acarician al perro, se cepillan el pelo y ponen en marcha la lavadora, que es la gran conquista sicológica de la conciencia femenina. Si eres sensible aceptan permanecer en cama a tu lado mientras les hablas. A los hombres con la extenuación del ajetreo sexual se les agrava la voz y entonces todo lo ocurrido habrá valido la pena porque condujo a un final literario, a una extenuación elegante mientras en la penumbra amaina la llama de la vela y hacéis planes para el pasado. A las mujeres les gusta mucho escuchar la voz de un hombre mientras se urde al ralentí en la hondura bronquial del pecho. El cansancio suele producir franqueza y no hay un solo hombre que no resulte interesante en ese instante de sublime claudicación que se produce cuando se desvanecen los instintos y aparecen la integridad y la conciencia. Naturalmente, sin perder ese puntito de vigor que recuerde sus instantes de insolencia, ese matiz de tosca y aparente insensibilidad que hace que las mujeres se fíen de los tipos sólidos y transeúntes que en realidad casi solo existen en las películas, como era el caso de Bogart, al que ninguna mujer imagina cruzando la calle armado con una bandeja de pasteles en la palma de la mano. Cada uno tiene sus propias experiencias al respecto y en mi caso la experiencia me dice que tiene que haber en el atractivo masculino algo de pernicioso, una especie de misterio que más vale no conocer a fondo, porque podría ocurrirnos como con el humo del tabaco, cuyo halo literario y cinematográfico se desvanece tan pronto descubrimos que contiene benceno, nitrosaminas, formaldehído y cianuro de hidrógeno, es decir, un puñado de cosas que parece mentira que quepan en el aliento de un hombre. A fin de cuentas, tampoco nos conviene mucho profundizar en el mundo emocional de las mujeres. Sabemos de ellas que son fascinantes y complejas, que no se ponen una ropa que no les favorezca al alma tanto como al cuerpo y que utilizan el dentífrico para limpiar los dientes y la conciencia, todo ello muy interesante, pero acabaríamos con la emoción si desentrañásemos sus misterios más profundos. Soy de los que procuran indagar en el alma femenina y disfruto con ese instante de terminal franqueza que sobreviene con la extenuación del sexo, justo cuando incluso el sudor les huele a café, pero hay límites que jamás sobrepaso. Temo decepcionarme. Puede que sea cierto que muchos hombres no tienen un solo enigma que no salga en su orina. También es probable que ellas tengan un mundo interior más sutil, pero mi experiencia me dice que una mujer es más interesante cuando sólo sabes de su alma lo que queda sobre la cama al vaciar el bolso para buscar a la luz de la vela el teléfono de su peluquero, ese fino estilista que, de paso que les estiliza el pelo, les masturba la nuca y les anestesia el alma.

Jose Luis Alvite

2 comentarios:

Anónimo dijo...

habla de ese amado (nov 2006) a quien una puede amar profundamente

i

Simplemente Olimpia. dijo...

Lo leí tan aseptico...demasiado depurado, destilado.
En fin, como la vida misma.

Olimpia.

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