Voy a contaros una historia que quizás os haga reflexionar sobre este punto:
Érase una vez un ejecutivo muy ocupado con su trabajo. Todos los días llegaba tarde a su casa y tras saludar a su hija, se metía en el despacho a seguir trabajando. Su niñita de 5 años acudía a verle porque deseaba estar con su papi, pero siempre la regañaba diciéndole que tenía mucho trabajo.
La historia se repetía una y otra vez, hasta que un día la niña al sentirse regañada de nuevo, en vez de irse, se volvió a su padre y le preguntó:
H: Papi, tú en tu trabajo, ganas mucho dinero ¿verdad?
P: Pues no, hija, gano dinero pero no mucho, por eso tengo que seguir trabajando en casa.
H: Papi, ¿Me podrías decir cuanto ganas en una hora en tu trabajo?
P: Hija, me haces unas preguntas… Por favor déjame que tengo muchas cosas que hacer.
P: Pues no, hija, gano dinero pero no mucho, por eso tengo que seguir trabajando en casa.
H: Papi, ¿Me podrías decir cuanto ganas en una hora en tu trabajo?
P: Hija, me haces unas preguntas… Por favor déjame que tengo muchas cosas que hacer.
Ante lo cual, la niña lejos de darse por vencida, volvió a preguntarle a su padre.
H: Papi, de verdad, dime cuanto ganas en una hora en tu trabajo
P: Si te lo digo, ¿me dejarás que siga? – Le preguntó inquisitoriamente el padre.-
H: Si, dímelo y me voy.
P: Pues… – y se puso a hacer cálculos- aproximadamente unos diez euros.
P: Si te lo digo, ¿me dejarás que siga? – Le preguntó inquisitoriamente el padre.-
H: Si, dímelo y me voy.
P: Pues… – y se puso a hacer cálculos- aproximadamente unos diez euros.
H: Gracias – dijo la niña marchándose de inmediato –



















