viernes, 14 de junio de 2013

La pérdida



Silvia Pérez Cruz y Javier Colina: "En la imaginación"


LA PÉRDIDA

Rabia. Me mordería por dentro. Me arrancaría el alma. Frases hechas. Todas las preguntas que te hicieron y que hiciste a las que no sabes responder. Sentimientos que se agolpan y te revuelven por dentro. Gravedad cero e incluso menos veinte. Miles de posibilidades, engaños e historias escondidas que no eres capaz de expresar. Los anuncios de televisión y los silencios de tus amigos y las canciones que siempre odiaste hablan de ti. Incomodidad. Algunas noches hay pastillas. Algunas mañanas también. El vacío es negro y está lleno de miedo. Te obligan a ser fuerte, la recomposición es una orden, sobrevivir un mandato. Y tú sólo puedes pensar en el sinsentido que te ha sorprendido y te ha zarandeado. Con lo claro que estaba todo. Ya no te admiran. Ya no eres necesaria. Ya no quieren tocarte. La pérdida idealiza y sobredimensiona detalles que quizá no supiste apreciar. Ahora puedes sentirlos aunque ya no están. Estás sola. Quieres gritar y no sabes cómo porque nunca te han enseñado qué hacer con ese dolor que te parte en dos y que te separa del resto. El resto. El otro. Te miran cuando paseas. Saben lo que ocurre dentro de ti. Aún así algunos quieren follarte. Puedes verlo. Pueden verlo: tu interior. Lo que escondes con tanto mimo. Sabes multiplicar y sumar e insultar y defenderte pero no sabes parar de llorar. La rabia de nuevo, lanzada contra mi misma, contra los demás, queriendo destrozar lo que no llego a comprender. Minutos sin tiempo, horas difusas. Tumbada. Expectante. Vergüenza como un nuevo apellido. Caminas sobre cristales, llena de inseguridad y amenazas que no comprendes pero que sientes en el vientre. Es tu piel la que habla, hace días que te quedaste sin voz. Son tus ojos, los mismos que escondes para que no puedan leer tu sufrimiento. Quizás me haga un nuevo tatuaje con mi nombre en letras grandes, para poder recordar quién soy. Hay un perro en tu vecindario que menea la cola encantado ante tantos estímulos y tú le envidias por ser capaz de alegrarse ante las sorpresas. Tú también quieres una caricia de una mano que ya no está. De una mano que fue tuya. Hace días que sudas. Te sientes pegajosa. No pongas tanto cuidado en hacer la maleta si vas a marcharte. Lo importante, los recuerdos, los sueños que malgastaste conmigo se quedan aquí. Esos no se irán contigo.

Si un día me echas de menos recuerda que yo estuve ahí, sólo para ti.

Ya nunca podré llevarte al Pompidou ni follar contigo en el agua. No volveré a ver tu cara somnolienta ni podré acariciar tus pecas nacientes. Te seguirás cepillando los dientes demasiadas veces al día. Ya no que me quedarán razones para odiar a tus mejores amigos y demandar tu atención. No podré consolarte cuando estés asustado ni cuando se instale en tu mirada el miedo a hacerte mayor y a que envejezcan los que más quieres. No podré visitarte por sorpresa. Ni comer tus hamburguesas de carne con especias. No podré robarte miradas silenciosas de alegría y orgullo al saber que somos uno en una cena compartida por muchos. Ni escuchar tus quejas y tus ansiedades. No podré alegrarme al ver tu nombre parpadeando en mi móvil. Nunca volveré a besarte los párpados. No podré acariciarte la mano con timidez. No podré encerrarme en la sensación de exhibicionismo que me atenazaba frente a tu privacidad. Menuda putada. Eres muchos. Todos diferentes. No me siento. Sé que mañana comenzaré, de nuevo, a echarte de menos. En unas semanas olvidaré tu voz. Nunca llegaré a poder preguntarte por qué nos pasamos la vida llenando los vacíos de los demás sin saber llenar el nuestro. No escucharé más tu carcajada fresca después de correrte ni cómo confundes palabras. Ya no habrá nadie que me mienta con descaro, ni que se olvide de mí, ni que me obligue a ducharme antes de meterme en la cama al llegar de fiesta. Una mañana me despertaré, me miraré en el espejo y me daré cuenta de que me he convertido, como todo a mi alrededor, en algo prescindible, en otro mueble de Ikea que se puede cambiar a los dos meses si no te convence sin mayor esfuerzo económico. “Pakistan te necesita” seguiré leyendo en algunas paradas de autobús y pensaré que hablan de mí. ¿Cuántos momentos vacíos me esperan en los que inundes mis pensamientos a traición? ¿Cuántas semanas pasarán hasta que deje de ver tu cara en todas las nubes? No volveré a escuchar con los ojos cerrados tus pasos acercándose mientras fumo en la butaca de tu balcón espiando al vecindario en la oscuridad ni me alegraré de que te sientes a mi lado sin tocarme. No te enseñaré inglés ni te descubriré mirándome con orgullo. No leeré novelas mientras sueñas a mi lado y yo te observo respirar calmada en silencio repitiéndome la suerte de compartir mis noches contigo. No sabré lo que se siente cuando la persona a la que amas te mete un dedo en el culo mientras te penetra. No podré compartir cómo me siento mientras fumo un cigarrillo a oscuras, ni acariciarte los pelos de las axilas. El desencuentro quedará en mi memoria como la ruptura más bonita que nunca tuve, llena de amor. Nunca sabré si te conozco demasiado o por el contrario nunca supe quién eras. Atiéndeme. Que duelo por todos lados. Me gustaría haberte dicho que te llevabas parte de mí. Poco a poco caminaré. Estoy segura. Aunque no comprenda qué es el tiempo (de cuánto tiempo se necesita disponer, después de todo… ¿toma toda una vida aprender a desamar?), sé que está ahí esperándome. Prefiero tener ventanas a tener espejos. Más allá de mi reflejo, está la vida, espero, esperándome.

Autor: Javier Giner



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