lunes, 16 de mayo de 2011

Exiliado de sí mismo


Tristemente convivo coa túa ausencia
sobrevivo á distancia que nos nega
mentres bordeo a fronteira entre dous mundos
sen decidir cal deles pode darme
a calma que me esixo para amarte
sen sufrir pola túa indiferencia
a miña retirada preventiva
dunha batalla que xa sei perdida
resolto a non entrar xamais en ti
pero non á tortura de evitarte.

Lois Pereiro

Lois Pereiro hablaba despacio, casi en silencio. Su figura, maltratada por las enfermedades, escondía un verbo descarnado que atrapó a quienes le conocieron. La decisión de la Real Academia Galega (RAG) de dedicarle el día das Letras Galegas 2011 ha revitalizado un fenómeno de masas: "o vento Lois".



Lois Pereiro (Monforte, 1958-A Coruña 1996) escapa a cualquier etiqueta: de punk a poeta maldito. Es la voz de una generación a la que, desde su rincón en el bar Borrazás de A Coruña, descubrió caminos inexplorados.
"A Lois le gustaba definirse como un exiliado de sí mismo", recuerda el músico Xurxo Souto quien, con 15 años, quedó hechizado por la figura tensa y huesuda de Pereiro. Magullado por las miserias del posfranquismo -fue uno de los 17.000 afectados por el síndrome del aceite de colza-, Lois Pereiro construyó un relato emocional que traspasó fronteras y generaciones para calar en el imaginario colectivo de Galicia.
La riqueza de su discurso poético se cimentó en una mente abierta a cualquier clase de expresión artística. "Él viajaba cuando nadie lo hacía", subraya Souto en declaraciones a Efe. Madrid, Londres, París, Berlín o Praga eran siempre el mismo lugar: Galicia. La Galicia brumosa de las montañas de O Incio, donde está enterrado, y adonde siempre volvía, como a una torre de marfil.
Su facilidad para los idiomas -estudió francés, inglés y alemán en Madrid, adonde llegó en 1976 tras dejar la carrera de sociología- le acercaron a las vanguardias centroeuropeas de Peter Handke, Thomas Bernhard o Alfred Jarry.
El cine o la música fueron para él fuentes de inspiración en las que solía sumergirse en el prolijo Madrid de los 80 junto a su por entonces novia y musa, Piedad Cabo.
Fue en aquel Madrid moderno donde Lois entró en contacto con una nueva generación de artistas gallegos. Manuel Rivas, Antón Patiño o su propio hermano, Xosé Manuel, lo reclamaron primero para fundar la revista Loia y, ya de vuelta en A Coruña, para el atlantismo de La Naval.
Los recitales poéticos de La Naval fueron pronto el mayor reclamo para los jóvenes de aquella época, que aplaudían sin parar cuando Lois entonaba de viva voz sus escarnios.
Los libros colectivos "De amor e desamor" plasmaron aquella voracidad creativa. Había vida detrás del "telón de grelos", como entonces se llamaba a la distancia vital entre Galicia y el resto del mundo.
Durante esos años de psicodelia y experimentación, Lois agrandó su mito. Su figura, consumida por el aceite de colza y la vida al límite que distinguió a su generación, se escurría bajo la chupa de cuero y las gafas de sol. Era un esteta, un dandi, como Lord Byron o Baudelaire. "La belleza era su forma de protesta para cambiar el mundo", apunta Souto.
"Era alguien diferente, especial", afirma Tata Campos, una de las personas con las que compartió su días en A Coruña.
Tata lo visitaba a menudo en la casa en la que Lois vivía con sus hermanos Xosé Manuel e Inés.
"Parecía que estaba y que no estaba a la vez", relata. Tan pronto permanecía en una esquina, observando, como se ponía a hablar con todos. Pero escribía en la soledad de su cuarto, debajo de la ventana en la que comenzaba su mundo, el de la intensidad cruel de "Poesía última de amor e enfermidade".
Pese a que sólo publicó dos libros en vida, su obra ofrece un viaje reposado hacia la experiencia de morir. Su poesía, exacta, minuciosa, magnética, esconde tras el dolor y la nostalgia el alborozo de la belleza. "Lois siempre estuvo escribiendo el mismo poema", afirma Souto.
"Lois era un poeta por vocación", comenta el periodista y exdirector de TVG Suso Iglesias, uno de los cofundadores de la revista la Naval, icono de la movida coruñesa de los ochenta. Era un poeta que no sabía fingir.
Por eso, ante la inminencia de la muerte, que le alcanzó el 24 de mayo de 1996, el mismo día que se hizo pública la sentencia por el caso de aceite de colza, se rebeló solo con la rabia de la poesía: "Cuspídeme enriba cando pasedes/ diante do lugar onde repouse/ enviándome unha húmida mensaxe/ de vida e de furia necesaria.".
Pablo L. Orosa

4 comentarios:

gaia07 dijo...

Donde pongo la vida pongo el fuego
de mi pasión volcada y sin salida.
Donde tengo el amor, toco la herida.
Donde dejo la fe, me pongo en juego.

Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.
Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
no me doy por vencido, y sigo, y juego

lo que me queda: un resto de esperanza.
Al siempre va. Mantengo mi postura.
Si sale nunca, la esperanza es muerte.

Si sale amor, la primavera avanza.
Pero nunca o amor, mi fe segura:
jamás o llanto, pero mi fe fuerte.

Ángel González

isla dijo...

Joshua, justo el otro día estuve mirando el "librillo" de las actividades previstas por las Letras Galegas.. y descubrí a Lois Pereiro..

Es un hermoso tributo..
un beso
isla

mateosantamarta dijo...

Comenta un libro de este autor Shandy en su última entrada. Yo no le conocía. Muy interesante. Consigo leerlo en galego.

Shandy dijo...

No sé si conoces "Conversa ultramarina", textos en prosa a modo de diario. Tan bueno como su poesía. Conmovedor, entrañable, profundamente humano.
Un saludo

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