Todo encuentro encierra en su seno
una despedida.
Joshua Naraim
Hay momentos en que me invade la tristeza. Creo que somos viejos amigos aunque últimamente me visita poco. Pero como los viejos amigos siempre está ahí presta a echarme una mano, aún cuando no la necesite.
A veces conversamos con amargura, otras con filosofía y casi siempre con cariño. La tristeza y la alegría van en el mismo saco y uno de esos sacos soy yo.
Lo malo de la tristeza no es que nos visite, sino engancharnos a ella.
Pero también tiene algo positivo: es inspiradora de bellos y creativos poemas. Os comparto uno, de Julio Llamazares de su libro "La lentitud de los bueyes" que expresa muy bien este sentimiento:
De vez en vez, la tristeza.
No esa tristeza dulce y húmeda que empaña los cristales en las tardes de invierno.
Me refiero a la tristeza que amarga en la lengua. Hablo de la tristeza que madura lentamente en el panal del corazón.
De pronto nos inunda como la luz de un farol negro. Como el ladrón que nos aborda en un recodo del camino.
Amarga por lo antigua y por lo intensa. Quema como resina vertida en el dolor.
Es la tristeza que queda como poso del olvido.

