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sábado, 11 de septiembre de 2010

No eres


Tras la tristeza de mi corazón,
hay suspiros y rumores;
¡pero no puedo comprenderlos!
Tagore


Si quisieras no ser tú
yo te haría de una claridad distinta.
Bajarías conmigo hasta ti,
olvido ya por amor,
y regresarías silenciosa después
-contorno de sueño, marea tranquila-
mientras un halo puro en mis ojos rompe
y ciego entonces te busco verdadera entre tus luces.
Sin nombre, porque eres impulso puro,
presencia que el aire sólo toca
y ya no es aire sino tristeza,
aprendo de tu continuo alejarte el amor.
Con tanto disimulo me salvas cada minuto
que mi costumbre de ti no puede entender ahora
esa galería de pasos, contraluz tenso,
sonido sólo por el que llegasen cuerpos de humo
que, a veces, misteriosamente te dobla
como una rosa sin luz.
Pero tan callada eres
que posibles son todos los mundos en tu silencio
y puedo crearte siempre a la medida de mi soledad.
No conoces el lugar ni el tiempo,
te abres involuntaria, como una melodía,
a la secreta sabiduría de la tierra
y luego serena te ofreces,
indefinible ámbito para el corazón;
y hasta ti llego despacio 
sin saber...
Y allí transcurro.


Javier Lostalé

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Despedida


Se despidieron y en el adiós ya estaba la bienvenida. 
Mario Benedetti


"Nuestra vida es una sucesión de despedidas. Desde el nacimiento hasta la muerte cada conquista tiene su atardecer, la aurora de las promesas se vuelven muerto resplandor y no hay luz de sueño que no se apague dejando huérfano el corazón. Todo desde el principio abraza su final. Mientras con una de nuestras manos abrimos la ventana de la ilusión, con otra ahogamos su pájaro de frágil vuelo. Mientras con una palabra despertamos la rosa que antes no era de nadie, con otra enterramos la llama pura de su misterio. Pronunciamos un nombre y su horizonte se hunde en la quietud opaca del olvido. Decimos "si" y dejamos abierta la grieta del "no". Inauguramos con la mirada un paisaje y su lumbre pasa por el recuerdo. Abrazamos un cuerpo y sentimos el engaño de un instante que es eterno. En cada uno de nuestros pasos hay una sombra que nos acompaña con su herida, por eso regresamos sin tener nunca territorio. Todo es despedida. Una copa se alza y la espuma de lo que no fue nos salpica. Se entrecruzan dos miradas y cada una se abrasa solitaria. Viajamos juntos y entre amaneceres y aeropuertos nos van separando invisibles fronteras. Todo es despedida. El pasillo de nuestra infancia se vuelve con los años rescoldo de delantal materno y bicicleta rota. El primer amor prolonga su adiós o tristeza como la cola de una cometa por el cielo de nuestra vida. El triunfo que, un momento, nos deja sin pasado ni futuro, nos revela de madrugada su soledad de fondo. El dinero aplaza entre brumas de rostros comprados el acantilado sólo que luego nos espera suspendido en el vacío. Todo es despedida. Hasta el sueño esta rayado por las agujas de la realidad. Y los deseos nacen con las alas ya quemadas. Una procesión humana lenta se borra en todo lo que amo y desde el otro lado nos hace señas. Callados la seguimos mientras aun volvemos la vista buscando las cenizas de nuestro antiguo ser. Una música dulce entonces nos responde antes de que en un ultimo gesto doblemos también la esquina."


Javier Lostalé.
"La rosa inclinada."

lunes, 10 de diciembre de 2007

Todos necesitamos a alguien

Cuando el pensamiento es claustro intímo del alma
habitado por dos, nace la oración.
Habla uno en silencio, lleno de voz...

***************

Todos necesitamos a alguien. Desde que nacemos somos la herida abierta de un nombre, príncipes voluntariamente destronados por la sombra de un ser. En nuestros primeros balbuceos destella la corola de unos labios que nos pronuncian. Y si abrimos los ojos alguien nos cruza a su ladera. Todos necesitamos a alguien parta tener historia, para entrar en la aurora con las alas de un secreto, para atardecer en el horizonte cansado de otro corazón. Todos necesitamos a alguien para que nuestras palabras se escuchen como señas de lo que en silencio constantemente arriba. Y así quien responda sepa que la voz que oye está pulsada por la translúcida campana de lo ausente. Todos necesitamos ser sueño de alguien para que se abra en nuestra soledad el cuerpo de lo invisible y abracemos su fantasma de luz hasta confundir el tiempo. Todos necesitamos deshabitarnos en la memoria de alguien cuando la sangre desborda sus estrellas. Nuestra imagen, clara se refleja en la distancia hacia otro ser. Nunca triunfamos solos, sino que siempre en corazón planta su rosa en el centro de nuestra gloria. Y su aroma nos devuelve a la pureza del principio. Nunca fracasamos solos, pues la fidelidad de una voz en su tiempo nos resucita. Detrás de cada movimiento nuestro otros pasos nos dibujan en su paisaje. Y no hay silencio sin dos. Somos el flujo de la mirada que nos sostiene, el ala rota del pájaro de otro pecho. Y si lloramos nuestras lágrimas resbalan por el espacio vacío que dejó otro ser. Somos el infinito de un momento de amor, el rostro de quién un día nos besó. Y se hizo carne. Somos el día siguiente de un cuerpo que una noche nos navegó. Somos lo que no somos cuando alguien dentro de nosotros ardió. Vivimos como una cometa prendida al seno del aire de otro ser. Su pulso es nuestro rumbo. Y cuando ya no estemos alguien todavía respirará el mundo desde nosotros.

Javier Lostalé










viernes, 7 de diciembre de 2007

Las lágrimas



...Porque el destino del hombre es el amor

y cada uno tiene su propia lucha y su propio camino.

Francisco Brines


Las lágrimas, como el desnudo, nos dejan un momento indefensos, sin que nos atrevamos a entrar en su territorio. Entre las lágrimas y nosotros existe la distancia insalvable de lo que, de pronto, se nos revela tan sin más cara que el espacio arde en la tensión del instante. Y sentimos el vértigo de encontrarnos a solas con la pulpa de un ser que, sin pudor, pues verdadero, se nos muestra. Las lágrimas son el cuerpo visible de lo insondable, por eso su aparición nos enmudece y nos convierte en pequeños y titubeantes servidores de lo que, tomándonos, se nos escapa. Nunca sabremos el momento exacto en que unos ojos tiemblan transparentes antes de que el rostro se nuble con una dignidad que suspende el aire. Nunca hallaremos el modo de pasar al otro lado de las lágrimas, pues nuestros pasos se adelgazarían hasta tocar el silencio azul del alma. Las lágrimas reinan siempre en un regazo, por eso se derrumban, por eso se derrumban en los brazos invisibles que detienen el tiempo, allí donde la vida cabe en la arritmia de un sofoco. Las lágrimas son turbión que deriva en una calma de infancia. El sonido de la lágrimas es el de un beso sin labios, el de un pulso de imágenes tan próximas que se quemadura las oscurece. Si una mano resbala por unas lágrimas, la caricia se vuelve firmamento. Si unos ojos miran unas lágrimas, ven cómo tiembla en el fondo un ser desligado. Las lágrimas de una madre respiran iluminadas en toda la casa. Juntas todas las lágrimas, en su rosa de niebla gira puro el corazón del mundo.

Javier Lostalé





lunes, 19 de febrero de 2007

Los ausentes

Hoy estoy herido de soledad y ausencia.
De fondo se escucha “Ascensor para el cadalso” de Miles Davis,
el repicar de la lluvia en los cristales
y el incesante tráfico de la calle.
No hace frío,
pero echo de menos el calor de tu cuerpo,
la suavidad de tu piel
y tus ojos…
esos ojos que me hacen hermoso,
porque mi belleza está en ellos.

Joshua Naraim

LOS AUSENTES

Avanzan sus rostros en el silencio. Son los ausentes. Nos llaman con la voz transparente de los sueños. Están tan cerca que no necesitamos levantar los ojos para verlos. Somos nosotros los que vemos a través de ellos, por eso nos nublamos en los días más radiantes y en medio del huracán oímos la delgada música de una rosa. Los ausentes son nuestra memoria. Sus pasos conducen a la infancia que se oculta siempre en lo perdido. Y cuando estamos solos afinan nuestro corazón con la honda verdad albergada en lo que no existe. Respiran junto a nosotros envolviéndonos en un humo luminoso que rescata: de la casa la penumbra cálida de una mano materna; del primer amor la alteración misteriosa de la vida que late con el pulso de otro ser; del llanto su quieta celebración final; del beso su cielo desvanecido. Loa ausentes nunca cicatrizan dentro de nosotros. Existimos desde su herida. Nuestras palabras transitan por el mudo idioma de los signos que nos dejaron, por eso siempre dicen más de lo que dicen. Los ausentes nos hacen señas desde las brasas de una fotografía, desde el muñeco de trapo derrumbado en el salón, desde el racimo de luz que al atardecer tiembla en nuestra mesilla de noche, desde la altitud que alcanzamos en nuestros sueños… Los ausentes se alegran con nosotros porque en su inmovilidad cantan sin tiempo aquella mañana feliz. Y se entristecen como un crepúsculo al que se le da la espalda cuando vemos cómo todo se aleja y, sin respuesta, todavía lo amamos. ¿Qué sería de nosotros sin los ausentes? Nos quedaríamos sin historia, opacos. Nuestro corazón latiría sin la música de ningún paisaje. Nuestro cuerpo sería invisible, porque nuestro cuerpo lo construyeron todos los seres que amamos. Sería un cuerpo sin esquinas, sin lagos, sin precipicios. Sería una piel muda, sin la hoguera de la memoria de otro cuerpo. ¿Qué sería de nosotros sin los ausentes? Conoceríamos la esterilidad, el inconsolable dolor de nunca en nadie poder amanecer. Nos perderíamos sin que nadie nos buscase. Caminaríamos por una soledad sin imágenes. ¡No, que vengan! ¡Qué nunca se apague el astro de su memoria! ¡Qué nuestra sangre canta su sombra!

Javier Lostalé (De "La Rosa inclinada")






martes, 13 de febrero de 2007

La frontera


Todos vivimos en la frontera, a un paso de la felicidad y a otro del abandono y el desamparo. Somos unos refugiados sin territorio que estamos pendientes de que alguien nos nombre para sentirnos habitantes de algún lugar. Nos vestimos cada día sin saber cuántos grados de soledad seremos capaces de alcanzar, o si, por el contrario, nos sucederán tantas cosas que hasta nuestra chaqueta se sentirá extraña. Y al arribar la noche no sabremos dónde estamos, cuánto nos queda para llegar a la maravilla o al precipicio. Libramos una batalla con nosotros mismos en la que somos reyes y mendigos. Mientras nos ponemos la corona del triunfo o del dinero, nuestro corazón despojado muestra sus harapos. Todos vivimos en la frontera, en la invisible línea que separa palabra y silencio. Hablamos y no hacemos sino callar lo que realmente queremos decir. Guardamos silencio y nos desnudamos de tanto contar. Abrimos una puerta y cerramos un sueño. Tapiamos una ventana y los ojos se queman con el paisaje. Recibimos una carta y el tiempo pasado borra sus letras. Entre lo claro y lo oscuro navega nuestro pensamiento, y arde cuando sólo quedan las cenizas. Toca la verdad pero se ve deslumbrado por la mentira. Su alma es la razón y, sin embargo, a veces delira. Nada es como es y todo es como nunca fue. Así, instalados en esta frontera del desconcierto, transcurrimos. Nuestros labios mueven el aire del beso y una piel se estremece mientras huye. Nuestras manos se tienden sobre un cuerpo y se vuelven sordas. Queremos hacer algo y nos llaman de otra parte. Nos quedamos quietos y giramos veloces empujados por deseos y presencias. Perseguimos lo imposible y pasamos de largo ante lo que nos ofrece su compañía. Afirmamos estar enamorados y nunca medimos el amor por la calma de los días. Decimos «sí», y sólo pensamos en nosotros. Escribimos «no», y entre las dos letras tiembla la duda. Plantamos una rosa y crece sólo la herida hecha por sus espinas. Todos vivimos en la frontera, anudados a la paradoja, sirvientes del dolor en la alegría y de la ignorancia en el saber. Todos vivimos en una lágrima dentro de la felicidad. Todos tenemos lo que perdemos y escuchamos lo que no nos dicen. Todos habitamos aquello de lo que fuimos desterrados. Todos pregonamos unos principios desmentidos luego por nuestros actos. Y al cruzar a la otra orilla nos ahogamos arrastrados por las voces que ya no oímos. ¡Qué delgada frontera abre y cierra nuestra vida!
(De La estación azul, recogido en La rosa inclinada (poesía 1976- 2001), Madrid, Calambur, 2001, pp. 253-254).Javier Lostalé.






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