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miércoles, 22 de septiembre de 2010

A los amigos


Amigo, bebe mi vino en mi propio vaso,
que, echado en el de otro,
pierde su flor y su espuma.

No puedo darte soluciones para todos tus problemas de la vida,
ni tengo respuestas para tus dudas o temores,
pero puedo escucharte y compartirlos contigo.


No puedo evitar que tropieces,
solamente puedo ofrecerte mi mano para que te sujetes y no caigas.


Tus alegrías, tus triunfos y tus éxitos no son míos,
pero disfruto sinceramente cuando te veo feliz.


No juzgo las decisiones que tomás en la vida,
me limito a apoyarte, a estimularte y a ayudarte si me lo pides.


No puedo trazarte límites dentro de los cuales debes actuar,
pero sí te ofrezco el espacio necesario para crecer.


No puedo evitar tus sufrimientos cuanto alguna pena te parte el corazón,
pero puedo llorar contigo y recoger los pedazos para armarlo de nuevo.


No puedo decirte quién eres ni quién deberías ser,
solamente puedo quererte como eres y ser tu amigo.


En estos días pensé en mis amigos y amigas,
y entre ellos apareciste tú.


No estabas arriba, ni abajo ni en medio.
No encabezabas ni concluías la lista.
No eras el número uno ni el número final.


Y tampoco tengo la pretensión de ser el primero,
el segundo o el tercero de tu lista.


Basta que me quieras como amigo.


Gracias por serlo.

martes, 21 de septiembre de 2010

¿Y tú quién eres?

Día mundial del Alzheimer
A mi padre,
que ha superado la terrible enfermedad del olvido,
en un viaje sin retorno. Ahora ya sabes quién soy.
Y a todos los enfermos de Alzheimer.


"La memoria está en los besos"


La cuestión no es vivir como se quiere, sino querer lo que se vive


Me gustaría, en muy pocas palabras, contarles a ustedes una pequeña parte de muchas historias, de historias cotidianas de personajes que están a la vuelta de la esquina, que viven en el piso de arriba o en el de abajo. Maestros, tenderos, comerciantes y comerciales; artistas, albañiles, estilistas, diseñadores, pintores, taxistas, transportistas, arquitectos, físicos, ingenieros, médicos, escritores, mecánicos, gente normal... como cualquiera de nosotros. Todas sus historias tienen algo en común, todas comparten algo.


... Todos tienen Alzheimer.


Son historias preciosas, son pequeñas grandes historias de amor, narradas día a día, entre plato y plato, de madrugada y al anochecer. Son historias de amistad, de silencios, de miradas intensas en busca de una razón. Son historias repetidas, de preguntas, incertidumbres, desconocimiento y miedo. Miedo a no saber qué pasará. Miedo a no saber qué hacer ni qué decir. Miedo a no hacer bien las cosas. Son la enciclopedia misma de la vida, repleta de los sentimientos más dispares que podamos imaginar: comedidos, mudos, revueltos, amalgamados, a punto de estallar y hacerse añicos. Son historias de aprendizaje, cancioneros populares, cuentos de pucheros y cacerolas, cuentos de solemnes atardeceres. Son historias de personajes despistados, olvidadizos, que lo sabían todo y ahora saben menos, que se han perdido en medio de tanto trajín, que «no tienen cabeza», pero sí corazón. Historias entre bastidores, disimuladas, en voz baja, escurridizas, de intriga, que encuentran en el médico la razón de ser contadas, buscando cómo arreglar tan gran apagón de ideas.


Cuentos donde siempre hay un ratoncito Pérez que deja algo debajo de la almohada, o un duendecillo juguetón y travieso que los encuentra por allí, de paseo, y los lleva a casa.


¡Qué más da el final de la historia! Lo que importa es escucharla de nuevo, con versión adaptada de los años veinte, treinta o cuarenta, en blanco y negro o coloreada.


Lo importante de cada historia es vivirla, lo maravilloso es amarla como es hoy y no como fue escrita.


Perder la cabeza es una cuestión que nos horroriza, una pesadilla que nos despierta a medianoche. Todo, menos perder la cabeza. Entrar en el laberinto de la sinrazón y el olvido es más que estar en el infinito sin señalizaciones de tráfico, largo camino que no puede hacerse nunca en solitario.




Os invito a ver el cortometraje: A primera vista

viernes, 7 de diciembre de 2007

Las lágrimas



...Porque el destino del hombre es el amor

y cada uno tiene su propia lucha y su propio camino.

Francisco Brines


Las lágrimas, como el desnudo, nos dejan un momento indefensos, sin que nos atrevamos a entrar en su territorio. Entre las lágrimas y nosotros existe la distancia insalvable de lo que, de pronto, se nos revela tan sin más cara que el espacio arde en la tensión del instante. Y sentimos el vértigo de encontrarnos a solas con la pulpa de un ser que, sin pudor, pues verdadero, se nos muestra. Las lágrimas son el cuerpo visible de lo insondable, por eso su aparición nos enmudece y nos convierte en pequeños y titubeantes servidores de lo que, tomándonos, se nos escapa. Nunca sabremos el momento exacto en que unos ojos tiemblan transparentes antes de que el rostro se nuble con una dignidad que suspende el aire. Nunca hallaremos el modo de pasar al otro lado de las lágrimas, pues nuestros pasos se adelgazarían hasta tocar el silencio azul del alma. Las lágrimas reinan siempre en un regazo, por eso se derrumban, por eso se derrumban en los brazos invisibles que detienen el tiempo, allí donde la vida cabe en la arritmia de un sofoco. Las lágrimas son turbión que deriva en una calma de infancia. El sonido de la lágrimas es el de un beso sin labios, el de un pulso de imágenes tan próximas que se quemadura las oscurece. Si una mano resbala por unas lágrimas, la caricia se vuelve firmamento. Si unos ojos miran unas lágrimas, ven cómo tiembla en el fondo un ser desligado. Las lágrimas de una madre respiran iluminadas en toda la casa. Juntas todas las lágrimas, en su rosa de niebla gira puro el corazón del mundo.

Javier Lostalé





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